Las positivas fueron en Ourense, una ciudad de la que sabía más bien poco y de la que no me esperaba grandes cosas, pero en la que encontré edificios históricos de gran belleza arquitectónica y unas aguas termales de ensueño (en Catalunya hay aguas termales pero el concepto "gratuito" está a años luz aún, "la pela es la pela" jeje).
Las sorpresas negativas, en Santiago de Compostela. Quizá por todo lo que había escuchado y por la magnitud del Camino de Santiago, mis expectativas eran elevadas. Al llegar, me encontré una catedral más bien pequeña (juraría que la Basílica de Santa Maria de Mataró es de mayor tamaño), con un interior de lo más normalito y lo peor de todo, con un botafumeiro minúsculo comparado con el botafumeiro que yo imaginaba. Una gran decepción que seguramente no será compratida por la gran mayoría de personas que lean esto pero, por suerte, no todos tenemos los mismos gustos. Lo único que desde mi punto de vista era salvable, fue la fachada de la catedral junto con la Plaza del Obradoiro, realmente espectacular, pero lo único que valió la pena.
Es un ejemplo de como las expectativas condicionan en la percepción de las cosas. Algo parecido es lo que le ocurre a muchas personas con la sirenita de Copenhague o la Estatua de la Libertad de Nueva York. Son las grandes decepciones turísticas.